ALFONSO DURAZO: O LA DERROTA DEL ESTADO.
Tras bajar de su cama y estirarse mientras bosteza, mirará su librero. Casi todo el material es de política estadounidense, en especial hay gruesos textos sobre JFK, que comparten estantería con los voluminosos títulos de Kissinger. Después, ya en cuarto de baño se mira en el espejo, quiero pensar que vendrá la ducha, pero antes deberá afeitarse la barba que, no obstante, su edad (66 años) esta no es cerrada y para, colmo, las canas hacen su trabajo. Su cabello menguante no requerirá de un peinado complejo. Seguramente en el armario tendrá trajes ingleses, por algún motivo, abundan los de color gris y seguramente, confeccionados a medida en Savile Row, en Londres. No ha salido el sol, y abajo le esperan el chófer y escoltas. En el camino al Palacio Nacional, en vez de repasar las tarjetas que le preparó su politólogo o lo que sea -en su equipo no hay ningún experto en seguridad pública, ni siquiera un criminólogo de verdad, salvo una feminista 4.0, cuyo fondo es culpar a los varones de...